Descubrimiento

Comienzos

José Cuní comenzó sus investigaciones sobre la encáustica durante su etapa de estudiante en la Escuela de Bellas Artes de Madrid, mientras trabajaba como ayudante de Ramón Stolz Viciano (1903-1958), catedrático de las asignaturas de Procedimientos Pictóricos y de Pintura Mural. Stolz era, además de un excelente pintor y muralista, un investigador que estudió en profundidad las técnicas del fresco y de la encáustica.

Cuní conoció las posibilidades y límites del fresco, prácticamente en desuso desde el siglo XIX, colaborando con Stolz en la ejecución de los grandes murales al fresco que éste realizó a finales de los años 50. También colaboró con su maestro en los trabajos de investigación sobre la pintura a la cera, la gran pasión de Stolz.


Estudiando la encáustica

Ramón Stolz habí­a reunido una gran biblioteca sobre la encáustica. En su taller estudió las diferentes reconstrucciones propuestas por investigadores anteriores, llegando a la conclusión de que la fórmula empleada en las encáusticas antiguas era diferente a la de las reconstrucciones modernas. Él mismo desarrolló varias fórmulas a base de ceras y disolventes orgánicos que empleó en la realización de diversas obras de caballete. Cuní colaboró con Stolz en esta investigación, quedando fascinado por la calidad de la cera como material pictórico y por el enigma de la materia original de los pintores antiguos. Sus investigaciones sobre la encáustica quedaron plasmadas en su trabajo de fin de carrera, un lienzo a la encáustica de gran formato realizado con ceras, resinas y disolventes orgánicos, según un procedimiento desarrollado a partir de las experiencias de Stolz.

Una vez acabados sus estudios de Bellas Artes, Cuní compaginó la realización de murales al fresco con la práctica artí­stica al óleo, aguafuerte y cerámica. Su experiencia como fresquista le llevó a concluir que los rasgos de ejecución de los murales romanos no se correspondían con los de una pintura al fresco, una tesis que resultaba coherente con la información suministrada por los textos griegos y romanos sobre pintura, que indicaban que la técnica habitual en la Antigüedad clásica, tanto en pintura mural como de caballete, era la encáustica.


La solución

En 1961, Cuní obtuvo una beca de la Fundación Juan March para estudiar en profundidad la técnica de la pintura mural pompeyana. Cuní realizó un minucioso estudio de las pinturas murales romanas de Pompeya, Herculano y Stabia que le confirmó su tesis de que los murales romanos no fueron realizados al fresco.

En Nápoles conoció al químico italiano Selim Augusti y sus investigaciones acerca de la técnica pictórica de la pintura mural pompeyana, así como los insalvables problemas de ejecución que se encontró a la hora de reconstruirla. Cuní abordó el problema desde otro ángulo. Pensaba que si perviví­a algún rescoldo de la técnica pictórica grecorromana, los depositarios serí­an los estuquistas más antiguos de la Campania italiana.

Visitó sus talleres, y aprendió con ellos el oficio y el empleo de los materiales: áridos calizos y silí­ceos, cales, ceras, jabones y pigmentos, los mismos materiales identificados por Augusti en los murales pompeyanos. En el Museo Arqueológico de Nápoles se dedicó a copiar las pinturas romanas para estudiar sus rasgos de ejecución y para cotejar con las obras originales los resultados de los estudios experimentales realizados en su taller.

En 1962 Cuní desarrolló la formulación de una encáustica al agua a base de cera de abejas y jabón, experimentando su extraordinaria calidad y su capacidad para reproducir con fidelidad los rasgos de ejecución característicos de la pintura mural romana. A lo largo de ese año fue fijando las proporciones y materiales de su formulación, que constituyeron la base de la evolución posterior de su encáustica al agua.